"L'ignorant no és el que ignora coses, sinó el que ignora que les ignora". Joan F. Mira
eliteratura | 19 Març, 2007 14:40
passar dia i amb més coses al cap de les que hom voldria. T’envaeix aquella sensació paorosa, fins i tot de pànic, típica després d’haver acabat una lectura agradosa i haver-ne de començar una altra. I, és clar, tens por d’errar el tret, de triar malament, la qual cosa pot escalivar-te per uns quants dies. Dubtes davant les prestatgeries de la biblioteca; no saps si agafar o no aquell volum comprat temps enrere i que tens encara pendent o si has de cedir a la temptació de la darrera adquisició."¿Ha comprado usted alguna vez una tumba? No es en el fondo muy distinto de comprar una casa. En primer lugar a uno le enseñan la parte más humilde del cementerio, la de los pobres, y uno observa todas esas lápidas de extranjeros, con fotografías de los difuntos protegidas por un envoltorio de plástico y las inscripciones en lenguas extrañas, en alfabetos desconocidos, y las velas consumidas en la hierba. A uno se le encoge el corazón, se lo aseguro. Uno se pregunta en seguida si la muerte es precisamente eso. ¡Cuánta sordidez! Y es que no se encuentra uno en su mejor momento. Se convierte en un esnob repulsivo. Los funerales sacan a relucir esa parte lamentable que uno tiene dentro. Uno se ha repetido durante años que no importa qué sea del cadáver, y en los cócteles, cuando llega la hora de ponerse serio, en el momento de mayor embriaguez, uno afirma que los judíos tienen razón, que los entierros más rápidos y más baratos son los más adecuados y filosóficamente los más decentes. Pero cuando se llega al cementerio se ven las cosas de otra manera. Y los empleados del cementerio lo saben, vaya que sí. Así pues, uno deja a un lado todo lo que tenga que ver con la clase obrera, deja a un lado los detalles étnicos y pasa a la zona reservada a las comodidades aburguesadas de la periferia, pero allí resulta que las lápidas están bastante apiñadas y que las inscripciones están pésimamente redactadas, y uno cuenta casi con encontrar nombres de localidades mal escritos, bromas incluso de dudoso gusto junto con las habituales "Hasta que raye el alba", o "En los eternos brazos". Las cosas se iluminan un poco al cabo: las parcelas son más amplias, no hay sensación de apiñamiento, las propias lápidas son de una piedra mejor, con más clase, y lo mejor es que los apellidos de las familias son los que tienen que ser. A fin de cuentas, el dia de la resurrección no quiere uno verse apelotodonado ante el trono con una panda de desconocidos. Y ahí es donde se cierra el trato."
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